Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de abril de 2009

Douglas Adams: El restaurante del fin del mundo

Al principio se creó el Universo.

Eso hizo que se enfadara mucha gente, y la mayoría lo consideró un error. Muchas razas mantienen la creencia de que lo creó alguna especie de dios, aunque los jatravártidos de Viltvodle VI creen que todo el Universo surgió de un estornudo de la nariz de un ser llamado Gran Arklopoplético Verde. Los jatravártidos, que viven en continuo miedo del momento que llaman «La llegada del gran pañuelo blanco», son pequeñas criaturas de color azul y, como poseen más de cincuenta brazos cada una, constituyen la única raza de la historia que ha inventado el pulverizador desodorante antes que la rueda.

Sin embargo, y prescindiendo de Viltvodle VI, la teoría del Gran Arklopoplético Verde no es generalmente aceptada, y como el Universo es un lugar tan incomprensible, constantemente se están buscando otras explicaciones.

Por ejemplo, una raza de seres hiperinteligentes y pandimensionales construyeron en una ocasión un gigantesco superordenador llamado Pensamiento Profundo para calcular de una vez por todos la Respuesta a la Pregunta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Durante siete millones y medio de años, Pensamiento Profundo ordenó y calculó, y al fin anunció que la respuesta definitiva era Cuarenta y dos; de manera que hubo de construirse otro ordenador, mucho mayor, para averiguar cuál era la pregunta verdadera.
Y tal ordenador, al que se le dio el nombre de Tierra, era tan enorme, que con frecuencia se le tomaba por un planeta, sobre todo por parte de los extraños seres simiescos que vagaban por su superficie, enteramente ignorantes de que no eran más que una parte del gigantesco programa del ordenador.

Cosa muy rara, porque sin esa información tan sencilla y evidente, ninguno de los acontecimientos producidos sobre la Tierra podría tener el más mínimo sentido.

Lamentablemente, sin embargo, poco antes de la lectura de datos, la Tierra fue inesperadamente demolida por los vogones con el fin, según afirmaron, de dar paso a una vía de circunvalación; y de ese modo se perdió para siempre toda esperanza de descubrir el sentido de la vida.

O eso parecía.

Sobrevivieron dos de aquellas criaturas extrañas, semejantes a los monos. Arthur Dent se escapó en el último momento porque de pronto resultó que un viejo amigo suyo, Ford Prefect, procedía de un planeta pequeño situado en las cercanías de Betelgeuse y no de Guilford, tal como había manifestado hasta entonces; y además, conocía la manera de que le subieran en platillos
volantes.
Tricia McMillan, o Trillian, se había fugado del planeta seis meses antes con Zaphod Beeblebrox, por entonces Presidente de la Galaxia.

Dos supervivientes. Son todo lo que queda del mayor experimento jamás concebido: averiguar la
Pregunta Ultima y la Respuesta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.

Y a menos de setecientos cincuenta mil kilómetros del punto donde su nave espacial deriva perezosamente por la impenetrable negrura del espacio, una nave vogona avanza despacio hacia ellos.
Como todas las naves vogonas, aquélla no parecía responder a un diseño, sino a una súbita coagulación. Los deformes edificios y protuberancias amarillas que sobresalían en ángulos desagradables, habrían desfigurado el aspecto de la mayoría de las naves, pero en este caso era lamentablemente imposible. Se han divisado cosas más feas en el firmamento, pero no por testigos de confianza.

En realidad, para ver algo mucho más feo que una nave vogona, habría que entrar en una y mirar a un vogón. No obstante, eso es precisamente lo que evitaría cualquier ser prudente, porque el vogón común no lo pensará dos veces para hacerle a uno algo tan increíblemente horrible, que se desearía no haber nacido; o, si se es un pensador más clarividente, que el vogón no hubiera nacido.
De hecho, el vogón común ni siquiera lo pensaría una sola vez, probablemente. Son criaturas estúpidas, obstinadas, de mentalidad deformada, y desde luego no tienen disposición para pensar. Un examen anatómico de los vogones revela que en un principio su cerebro era un hígado disóptico, muy amorfo y mal situado. Por tanto, lo mejor que puede decirse en su beneficio es que saben lo que les gusta; eso generalmente entraña el hacer daño a la gente y,
siempre que sea posible, enfadarse mucho.
Leer más »

lunes, 26 de enero de 2009

Extracto del libro "Ilusiones", de Richard Bach

Completamos el día en Hammond, Wisconsin, llevando a unos cuantos pasajeros. Cenamos en el pueblo y luego emprendimos el regreso.

- Don, admito que esta vida puede ser interesante, o tediosa, o lo que tú quieras que sea. Pero ni siquiera en mis momentos de mayor lucidez he podido entender por qué estamos aquí, para empezar. Háblame un pocoe eso.

Pasamos frente a la ferretería (cerrada) y al cine (abierto: "La jauría humana") y en lugar de responder se detuvo y dio media vuelta en la acera.

- ¿Tienes un poco de dinero, no?
- Mucho, ¿por qué?
- Vamos a ver la película - dijo -. ¿Invitas?
- No se, Don. Entra tú. Yo volveré a los aviones. No me gusta dejarlos demasiado tiempo solos.

¿Qué era lo que hacía que una película fuera súbitamente tan importante?

- A los aviones no les sucederá nada. Vamos al cine.
- Ya ha empezado la película.
- Pues la veremos empezada.

Ya estaba comprando su entrada. Lo seguí al interior de la sala y nos sentamos en una de las últimas filas. Debía de haber unas cincuenta personas en la penumbra que nos circundaba. Al cabo de un rato olvidé por qué habíamos entrado y me dejé atrapar por la trama, que de todos modos siempre me a parecido propia de un clásico del cine. Debía ser la tercera vez que la veía. Dentro de la sala, el tiempo se enroscó y se estiró como siempre lo hace en una buena película, y durante un rato presté atención a los detalles técnicos: cómo estaba montada cada escena y cómo enlazaba con la siguiente, por qué cada una de ellas aparecía en un momento determinado y no más tarde. Traté de enfocar la película desde ese ángulo, pero la historia me envolvió y me olvidé de mi intención.
Cerca del final, Shimoda me tocó el hombro. Me incliné hacia él, mirando la pantalla, deseando que dejara para más tarde lo que me quería decir.

- ¿Richard?
- Sí.
- ¿Por qué estás aquí?
- Es una buena película, Don. Shh.

Los protagonistas dialogaban.

- ¿Por qué es buena? - preguntó.
- Es entretenida. Shh. Te lo explicaré luego.
- Rompe el trance. Despierta. Son todas ilusiones.

Me irritó.

- Donald, faltan pocos minutos y después podremos hablar tanto como quieras. Pero déjame ver la película. ¿De acuerdo?

Susurró apasionada, dramáticamente: - Richard, ¿por qué estás aquí?
- ¡Escucha, estoy aquí porque tú me pediste que entrara.- Me volví y traté de ver el final.
- Nadie te obligó a entrar, podías haber dicho no , gracias.
- ME GUSTA LA PELÍCULA...- Un hombre sentado en la fila de adelante se volvió para mirarme brevemente -. Me gusta, Don. ¿Hay algo malo en eso?
- Absolutamente nada - respondió, y no agregó una palabra hasta que terminó la sesión y nos pusimos a caminar, primero frente a la tienda donde vendían tractores usados y después, por la oscuridad hacia el campo y los aviones. Amenazaba lluvia.
Medité sobre su extraña conducta en el cine.

- ¿Lo haces todo por alguna razón ? - le pregunté.
- A veces.
- ¿Por qué la película ? ¿ Por qué quisiste ver súbitamente ésa ?
- ¿Hiciste una pregunta ?
- Sí. ¿Tienes una respuesta ?
- Esta es mi respuesta. Entramos en el cine porque hiciste una pregunta. Lapelícula fue la contestación.

Se estaba burlando de mí.

- ¿Cuál fue mi pregunta?

Hubo un largo y penosos silencio.

- Preguntabas, Richard, por qué ni siquiera en tus momentos más brillantes has logrado descifrar por qué estamos aquí.

Lo recordé.- Y la película fue la respuesta.
- Si.
- Ah.
- No lo entiendes - dijo.
- No.
- Era una buena película - explicó - . Pero la mejor película del mundo sigue siendo una ilusión, ¿no? Las películas ni siquiera se mueven: sólo parecen hacerlo. La luz cambiante parece moverse sobre una pantalla plana montada en la oscuridad.
- Bien, sí - empezaba a entender.
- Las otras personas, todas las que se encuentran en cualquier lugar donde vas a ver una película, ¿por qué están allí, cuando sólo se trata de ilusiones?
- Bueno, para entretenerse - dije.
- La diversión. Eso es. Primera razón.
- Podría ser para educarse.
- Sí. Siempre lo es. Aprendizaje. Segunda razón.
- Fantasía, evasión.
- Eso también es diversión. La primera.
- Razones técnicas. Para ver como está filmada la película.
- Aprendizaje, la segunda.
- Para matar el aburrimiento.
- Evasión. Ya lo has dicho.
- Por un motivo social. Para estar con amigos - dije.
- Razón para ir al cine, pero no para ver la película. De todos modos, es una diversión. Primera razón.

Le bastaban dos dedos para enumerar todas las alternativas que se me ocurrían. La gente va a ver películas para divertirse, o para aprender, o para ambas cosas a la vez.

- Y una película es como una vida, Don. ¿Eso es?
- Sí.
- ¿Entonces por qué iba a escoger nadie una mala vida, una película de horror?
- La gente no va a ver las películas de horror sólo para divertirse. Al entrar al cine ya saben que es una película de horror - manifestó.
- Pero ¿por qué?
- ¿Te gustan las películas de horror?
- No.
- ¿Has visto alguna?
- No.
- ¿Pero algunas personas invierten mucho tiempo y dinero en ver monstruosidades, o problemas melodramáticos que otros individuos juzgan necios y aburridos...? - dejó flotando la pregunta para que yo la contestara.
- Sí.
- Tú no estás obligado a ver las películas que les gustan a esas personas, ni ellas a ver las que te gustan a tí. Eso es lo que llamamos "libertad".
- ¿Pero por qué alguien podría tener interés en horrorizarse, o en aburrirse?
- Se trata de personas que piensan que se lo han ganado porque ellas, a su vez, horrorizan a los demás, o porque les gusta la emoción del pánico, o porque suponen que las películas tienen que ser aburridas. ¿Puedes creer que muchas personas disfrutan, por razones que ellas juzgan muy sensatas, al imaginar que están indefensas en sus propias películas? No, no puedes creerlo.
- No, no puedo - respondí.
- Mientas no entiendas eso, te preguntarás por qué algunos individuos son desdichados. Son desdichados porque han elegido serlo, ¡y eso está muy bien, Richard!
- Hum.
- Somos criaturas proclives a jugar, a divertirnos, somos las nutrias del Universo. No podemos morir, no podemos herirnos, así como no es posible herir las ilusiones proyectadas sobre la pantalla. Pero podemos creer que estamos heridos, y creerlo con todos los detalles torturantes que nos plazcan. Podemos convencernos de que somos víctimas, muertos y ejecutores amortajados por la buena y la mala suerte.
- ¿En muchas vidas ? - pregunté.
- ¿Cuantas películas has visto?- Oh.
- Películas obre la vida en este planeta, sobre la vida en otros planetas; todo lo que implica espacio y tiempo es puro cine y pura ilusión - dijo -. Pero durante un rato podemos aprender mucho y divertirnos mucho con nuestras ilusiones, ¿no es cierto?
- ¿Hasta que extremo llevas esta metáfora del cine, Don ?
- ¿Hasta que extremo quieres llevarla ? La película de esta noche la has visto en parte porque yo quería verla. Muchos seres eligen una vida íntegra porque les gusta compartir las cosas. Los actores de la película de esta noche han trabajado juntos en otras. "Antes" o "después"... eso depende de la que hayas visto en primer término; o puedes verlos al mismo tiempo en pantallas distintas. Sacamos las entradas para estas películas y pagamos el precio cuando aceptamos creer en la realidad del espacio y en la realidad del tiempo... Ni el uno ni el otro son ciertos, pero quien no este dispuesto a pagar ese precio no podrá aparecer en este planeta, ni en ningún otro sistema espacio-tiempo.
- ¿Hay seres que no tiene absolutamente ninguna vida en el espacio-tiempo?
- ¿Hay seres que no van nunca al cine?
- Entiendo. ¿Aprenden por otras vías?
- Has dado en el clavo - asintió, satisfecho conmigo -. El espacio-tiempo es una escuela bastante primitiva. Pero muchas personas conservan la ilusión aunque sea aburrida, y no quieren que las luces se enciendan temprano.
- ¿Quién escribe el guión de estas películas, Don ?
- ¿No experimentas una sensación extraña cuando piensas en lo mucho que sabríamos si nos interrogáramos a nosotros mismos en lugar de hacer preguntas a terceros? ¿Quién escribe estos guiones, Richard?
- Nosotros - contesté.
- ¿Quienes actúan?
- Nosotros.
- ¿Quién es el cámara, el operador, el administrador de sala, la taquillera y el distribuidor, y quién asiste a todo lo que ocurre? ¿Quién disfruta de libertad para irse en la mitad del espectáculo, en cualquier momento, para cambiar el argumento cuando se le ocurre, para ver la misma película una y otra vez?
- Déjame adivinar -dije-. ¿Cualquiera que lo desee?
- ¿Esa libertad te parece suficiente?
- ¿Y por eso es tan popular el cine? ¿Porque sabemos instintivamente que las películas son un reflejo de nuestra propia vida?
- Quizás si... quizás no. ¿No importa mucho, verdad? ¿Qué es el proyector?
- La mente - dije -. No. La imaginación. Es nuestra imaginación, digas lo que digas.
- ¿Qué es la película ?- inquirió.
- Lo ignoro.
- ¿Lo que entra en nuestra imaginación con nuestro consentimiento?
- Tal vez, Don.
- Puedes coger un carrete de película en tus manos - dijo - y está todo concluido y completo: el comienzo, la mitad y el final están todos allí en el mismo segundo, en la misma millonésima de segundo. La película existe independientemente del tiempo que registra, y si la conoces, generalmente sabes que es lo que va a suceder antes de entrar al cine: lucha y emociones, ganadores y perdedores, amor, catástrofes... sabes que lo encontrarás todo. Pero para que esto te capte y te arrastre, para disfrutarlo al máximo, debes introducirlo en un proyector y dejar que corra frente al objetivo minuto a minuto... para experimentar cualquier ilusión necesitas espacio y tiempo. De modo que pagas la entrada, te instalas en la butaca y olvidas lo que sucede fuera y la película empieza para ti.
- ¿Y nadie sufre realmente ? ¿La sangre no es más que salsa de tomate ?
- No, es sangre auténtica - dijo -. Pero influye tan poco sobre nuestra vida real que daría igual si fuera salsa de tomate.
- ¿Y la realidad?
- La realidad es portentosamente indiferente, Richard. A la madre no le importa qué papel representa su hijo cuando juega: un días es el villano, al día siguiente es el héroe. Lo que Es ni siquiera tiene noticia de nuestras ilusiones y nuestros juegos. Sólo se conoce a Sí mismo, y nos conoce a nosotros a su imagen y semejanza, perfectos y completos.
- No sé si quiero ser perfecto y completo. Hablando de aburrimiento...
- Mira el cielo - dijo, y fue un cambio tan súbito de tema que miré hacia arriba. Había algunos cirros fragmentados, muy altos, y los primeros rayos de luna plateaban los bordes.
- Una noche preciosa - comenté.
- ¿Es perfecta ?
- Bien, siempre es perfecta, Don.
- ¿Quieres decir que el cielo siempre es perfecto, a pesar de que cambie cada segundo?
- Caray, que listo soy. ¡Sí!
- Y el mar siempre es perfecto, y también cambia constantemente - agregó -. Si la perfección es el estancamiento, ¡el cielo es una marisma! Y lo que Es no está aficionado a las marismas.
- No es aficionado a las marismas - le corregí , distraídamente -. Perfecto, y constantemente cambiante. Sí. Me has convencido.
- Te convenciste hace mucho tiempo, si insistes en la cronología.

Me volví hacia el mientras caminábamos.

- ¿No te hartas de permanecer siempre en esta única dimensión?
- Oh, ¿de modo que permanezco en esta única dimensión? - dijo -.¿Permaneces tú?
- ¿Por qué todo lo que digo está errado?
- ¿Está errado todo lo que dices? - preguntó.
- Creo que me he equivocado de ramo.
- ¿Piensas que tal vez deberías dedicarte a la venta de fincas?
- De fincas o de seguros.
- Las fincas tienen mucho porvenir, si eso es lo que quieres.
- Ya. Lo lamento - dije -. No quiero un porvenir. Ni un pasado. Me conformo con convertirme en un buen y viejo Maestro del Mundo de la Ilusión. ¿Crees que quizá me bastará otra semana?
- Bueno, Richard, ¡ espero que no tardes tanto!

Le miré concienzudamente, pero no sonreía.
Leer más »